Quien quiera que trate de comprender la caótica situación por la que atraviesa Bolivia deberá remontarse en la historia nacional, hasta el año mismo de su fundación (1825). Allí percibirá que en el decurso de su vida republicana, en los departamentos andinos de la patria, donde nada tuvo que ver la media luna oriental, cada 25 años, como si de un fenómeno sísmico recurrente se tratara, se tuvo que enfrentar una sublevación indígena o un movimiento político reivindicatorio de corte indigenista.
Tras una luna de miel fundacional y de asentamiento de la república se llegó hasta 1841 cuando, ante el peligro de invasión del presidente peruano Agustín Gamarra, los bolivianos se unieron en torno al Gral. José Ballivián, para derrotar al invasor y darle muerte en las altiplanicies de Ingavi, en la primera y única contienda bélica victoriosa de que tengamos memoria. De esta manera se consolidaba, acaso para siempre, la independencia de Bolivia. Empero, transcurrido el primer cuarto de siglo desde la fundación (1850), Manuel Isidoro Belzu, llamado el Tata Belzu o sea Padre, por las masas indígenas que lo seguían, mandó al exilio a Ballivián y se hizo del primer gobierno etnocentrista de nuestra historia.
Conocemos la suerte corrida por Belzu a manos de Melgarejo, quien revirtió sus medidas populistas expoliando las tierras de los indios y generando con ello, 20 años después, el germen de otra arremetida indigenista, cuando el general Agustín Morales, jefe de la rebelión antimelgarejista, en 1872 decretó la devolución de dichas tierras. Tal disposición quedó trunca ya que un año después (1873) lo sucedió el general Adolfo Ballivián y a este le siguieron los cortos gobiernos de Tomás Frías (1874 - 1876) e Hilarión Daza (1876-1879), gobierno en el que devendría la guerra del pacífico que cercenó el litoral boliviano y nos condenó a una oprobiosa mediterraneidad.
Un cuarto de siglo más tarde o sea en los albores de la guerra federal de 1898, otro militar, haciendo uso del mismo alias de Belzú, el”Tata Pando” hizo esta promesa formal al Cacique Pablo Zárate Willka, jefe de los indios aymaras: "... Willka -le dijo- te doy el grado de Coronel; levanta al indio; destruye al blanco del Sud. Cuando derrotemos al ejército constitucional, yo seré presidente y tu serás el segundo presidente de Bolivia. Y devolveremos la tierra al indio; la tierra que le ha arrebatado el Gral. Melgarejo". Y de esta forma, con la misma intermitencia del cuarto de siglo, se sucedieron los gobiernos populistas e indigenistas de Bautista Savedra (1925), que precedió a la guerra del Chaco; el de Victor Paz Estenssoro en 1952, el de J.J. Torrez el 71 y el de Evo Morales Ayma el 2006. De todos ellos, solo el gobierno de Paz Estenssoro fue el que realizó medidas concretas en pro del indio. Al margen de convertir eufemísticamente su categoría, de indio en ”campesino”, le otorgó la reforma agraria y otras conquistas sociales que dieron paso a las actuales realidades.
Si bien es cierto que existe un común denominador en esta secuencia histórica de 25 años, no es menos cierto que existe también una asombrosa coincidencia en el destino final de estos redentores. Mientras los falsos fueron asesinados, los verdaderos acabaron en el bronce. Entretanto, lo único que continua igual es la odisea del el indio.